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RPNS-1853

Multimed 2013; 17(1)  
Enero-Marzo                                                          

REVISIÓN BIBLIOGRÁFICA

Amenazas, desastres y comunicación/prevención del riesgo. Trinomio que requiere de un cambio de mentalidad hacia la niñez.

Threats, disasters and communication/risk prevention. Trinomy that requires a change of mind towards childhood.


Marcio Ulises Estrada Paneque;1Adrián Iven Espinosa Guerra;2Caridad Rosa Vinajera Torres. 3

1. Doctor en Ciencias Médicas. Profesor Titular. Especialista de segundo grado en Pediatría y en Administración/Organización de Salud Pública. MSc en Infectología. Experto OIT en Desarrollo Local. Hospital Pediátrico Hermanos Cordové. E-mail: mestrada@grannet.grm.sld.cu
2. Licenciado en Ciencias Humanisticas. Editor Jefe. Revista Multimed. Diplomado en GIS.
3. Doctora en Ciencias Filológicas. Profesora Titular y Consultante. Universidad de Ciencias Médicas de Granma.


Resumen

En este artículo se aborda el contexto de las amenazas, desastres y la comunicación de riesgo desde un prisma integrador y actual. Se comentan algunas definiciones y enfoques, se comentan las tendencias internacionales sobre la incorporación de los niños y adolescentes a la gestión de riesgos. Se hacen reflexiones críticas sobre las dificultades que aún existen en la prevención, comunicación y reducción de los riesgos y amenazas potenciales en las actuales condiciones de cambio climático.
Descriptores DeCS: AMENAZAS/prevención & control; COMUNICACIÓN SOCIAL DE EMERGENCIA; CAMBIO CLIMÁTICO; ALERTA EN DESASTRES; EDUCACIÓN EN DESASTRES/prevención & control.

Abstract

This article reffers to the context of threats, disasters and risk communication since an integrated and current prism. There are comments of some definitions and the international tendencies about the incorporation of children and teenagers to the risk management. There are critical reflections about the difficulties that still occur in the prevention, communication and reduction of risk and potencial threats in the current conditions of the climatic change.
Subject headings: HAZARDS/prevention & control; SOCIAL COMMUNICATION IN EMERGENCIES; CLIMATE CHANGE; DISASTER WARNING; EDUCATION IN DISASTERS/prevention & control.

Introducción

Las situaciones de desastres, crisis o emergencias sociales y sanitarias abarcan problemas de muy variada índole, desde anormalidades o excepcionalidades hasta los daños con múltiples víctimas y contingencias epidemiológicas de distinto grado de complejidad. Las pandemias, los incidentes físicos y los biológicos graves suponen acuciantes amenazas potenciales para la salud y el bienestar del ser humano. Por otra parte, el cambio climático está en el origen de nuevos patrones de enfermedades contagiosas y de múltiples fenómenos que inciden negativamente contra el hombre, la fauna y la flora terrestre.1,2

El diccionario de la Academia de la Lengua española define el desastre como una desgracia grande, un suceso infeliz y lamentable, o una cosa de mala calidad, de mal resultado, de mala organización, o de mal aspecto.3 La literatura médica, sociológica, filosófica y política recoge una amplia diversidad de definiciones muy bien documentadas por el Dr. Sauchay Romero en su capítulo “Reflexiones sobre las definiciones de desastres”, en el libro Salud y desastres. Experiencias cubanas, y donde se resalta que no existe una única definición internacional aceptada, por la complejidad que ello implica, su evolución en el tiempo, su grado de integralidad y que no pueden ser sólo enmarcados por el daño humano o material que provocan, sino también por la implicación del medio ambiente.4

Los peligros y amenazas naturales, catalogados como desastres, fueron definidos básicamente, y desde hace algunos años, por expertos de organizaciones internacionales, como fenómenos ecológicos repentinos, de amplia magnitud y que requieren de asistencia externa, o como todo suceso que causa destrucción y ocasionan demandas que exceden la capacidad de respuesta de la comunidad o países afectados, y a lo cual se añaden efectos imprevistos, graves e inmediatos sobre la salud humana.5 Las amenazas en sí, son consideradas como aquellas situaciones, fenómenos o eventos que generan daño al entorno humano y su hábitat, sean provocadas por la naturaleza, por el mismo hombre, o por ambos. Potencialmente, al encontrar escenarios vulnerables o susceptibles, desarrollan su magnitud e impacto negativo.

Aún son vigentes las clasificaciones de los desastres en naturales, sanitarios y tecnológicos, y en el primero de los casos, tal vez por su frecuencia en la región, sobresalen los ciclones tropicales, las lluvias intensas con inundaciones, la sequía extrema, los sismos, deslaves y terremotos, las tormentas y los incendios. Por otra parte, el cambio climático, las acciones negligentes del hombre y los determinantes sociales de la salud humana han venido condicionando, cada vez con mayor frecuencia las amenazas y desastres de tipo sanitario, dentro de los cuales se enmarcan las epidemias y las plagas animales y vegetales. 5,6

En realidad, el desastre natural no existe. Muchas de las amenazas son naturales y generalmente inevitables, como los ciclones, las inundaciones, las sequías y los terremotos. Estos son amenazas en el sentido que pueden potencialmente causar daño al hombre, a las economías y al medio ambiente si éstos no se encuentran adecuadamente preparados para ellas.

No obstante, cuando se habla de desastres, se le relacionan fundamentalmente con la naturaleza, como algo “natural e indetenible”, localizado geográficamente, temporal y dañino, con lo que se soslaya su esencia en términos de la realidad de condiciones de riesgo preexistentes. La gestión de riesgo y la disminución de la vulnerabilidad, son a olvidadas, sin ocupar, como merecen, el centro de los procesos de su desarrollo.7

La ubicación o la desigualdad geográfica no tienen que ver únicamente con la exposición a las amenazas físicas, sino también con la capacidad desigual de prepararse, enfrentar y recuperarse para y de los desastres. Por otra parte, la evaluación científica de las amenazas y desastres inevitables, han demostrado la necesidad de cambiar su enfoque desde las concepciones netamente naturistas y biológicas, hacia el mejor entendimiento de los factores sociales, económicos y políticos que influyen en la vulnerabilidad social.8-10

Esta nueva visión/acción social y epidemiológica, que pasa del alivio y la rehabilitación humanitaria hacia la gestión de riesgos y la prevención de desastres, es llamada reducción del riesgo de desastres (RRD), la cual enmarca conceptualmente a los elementos o componentes que minimizan las vulnerabilidades y el riesgo de desastres en la sociedad, para evitar (prevenir) o limitar (mitigar y prepararse) ante el impacto adverso de las amenazas, dentro de su amplio y diverso contexto, que implica, lógicamente, su impacto en la salud, la supervivencia y el bienestar del hombre, como especie y persona humana.11

Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas, afirmó que la reducción del riesgo de desastres y el aumento de la capacidad de respuesta a los peligros naturales en diferentes sectores del desarrollo pueden tener efectos multiplicadores y acelerar la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.12 La RRD se asocia directamente con la erradicación de la pobreza y el hambre, la educación universal, la reducción de la mortalidad infantil y el mejoramiento de la salud materna, la sostenibilidad del medio ambiente y su influencia en el incremento de las enfermedades infecciosas y antropogénicas, incluyendo la desnutrición energo-nutrimental, el VIH/SIDA la tuberculosis, el paludismo y otras enfermedades llamadas del olvido o ignoradas. 9

La Secretaría de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD, 2004:p18) definió los campos de acción de la RRD, que incluyen:

-La evaluación del riesgo, incluyendo análisis de vulnerabilidad, así como análisis y monitoreo de amenazas;
- La concientización para modificar el comportamiento;
-El desarrollo del conocimiento, que incluye la adecuada información, educación, capacitación e investigación;
-El compromiso político y de las instituciones, que incluyen organización, legislación y acción comunitaria;
-La aplicación de medidas de reducción del riesgo, que incluyen gestión ambiental, práctica para el desarrollo social y económico medidas físicas y tecnológica, ordenamiento territorial y urbano, protección de servicios vitales y la requerida intersectorialidad.
-La implementación de sistemas de detección y alerta temprana, incluyendo pronóstico, predicción, difusión de alertas, medidas de preparación y capacidad para enfrentar las amenazas. 11-13


Concienciar para cambiar comportamientos se refiere a la incorporación de nuevas ideas, de nuevas actitudes, de nuevos estilos de vida y de trabajo; En sí, a un cambio de mentalidad, frase de mucha actualidad en Cuba. ¿Pero qué significa un cambio de mentalidad? Ante la falta de definiciones objetivas, si por “mentalidad” entendemos un conjunto de ideas y escala de valoraciones, aún quedan por dilucidar un par de interrogantes si nos referimos a temática de las amenazas y los desastres. La primera: ¿cómo es la “mentalidad” que se tiene ahora por la población y el estado en cuanto a la preparación necesaria ante amenazas de desastres naturales y de otro tipo? ¿Qué ideas o valoraciones de la “vieja mentalidad” – muy asociada a la responsabilidad casi exclusiva del gobierno y sus instituciones en la prevención y rehabilitación de los daños que acarrean -, se deben rechazar y cuáles se deben incorporar a una “nueva mentalidad”, para estar a tono con las tendencias y evidenciadas actuales en el enfrentamiento a las amenazas, la prevención de los desastres y la adecuada comunicación de sus riesgos?

Comunicación de riesgos

Para tener percepción de un riesgo hay que identificarlo primero, y para ello, hay que conocer cuáles son esos riesgos, cómo evitarlos o modificarlos, para así prevenir sus potenciales efectos o al menos alcanzar la resiliencia necesaria para superarlos. El concepto “resiliencia”, se refiere a la capacidad de un sistema, comunidad o sociedad expuestos a una amenaza para resistir, absorber, adaptarse y recuperarse de sus efectos de manera oportuna y eficaz, lo que incluye la preservación y la restauración de sus estructuras y funciones básicas. En otras palabras, significa la capacidad de “resistir a” o de “resurgir de” un choque. La resiliencia de una comunidad con respecto a los posibles eventos que resulten de una amenaza se determina por el grado al que esa comunidad cuenta con los recursos necesarios y es capaz de organizarse tanto antes como durante los momentos apremiantes. Su dimensión es válida en la integración de la adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres.14,15

La comunicación del riesgo es un conjunto de capacidades y conocimientos para transmitir a la sociedad una información adecuada sobre una crisis potencial o en desarrollo, reconociendo la lógica incertidumbre y sin intentar eliminar por completo los temores. Para ello se requieren planificación, identificar lenguajes, gestionar percepciones y buscar puntos de equilibrio. Es un intercambio de información, entre las partes interesadas, especialmente sobre la naturaleza, magnitud, significado y control de ese riesgo.

Para la OMS, las estrategias de comunicación de riesgo constituyen un componente muy importante de la gestión de todo brote de enfermedad infecciosa y son absolutamente esenciales en el caso de brotes, epidemias y pandemias

La comunicación de riesgos (CR) es la metodología idónea para lograr su reducción y para que la RRD se constituya en prioridad personal, poblacional, institucional y gubernamental. La CR permite identificarlos, evaluarlos y seguirlos de cerca para potenciar las alertas tempranas. Lógicamente, esto implica utilizar el conocimiento, la innovación y la educación para establecer una cultura de seguridad y resiliencia que facilite el control y eliminación de los factores subyacentes del riesgo y fortalecer la preparación ante amenazas, peligros y desastres.15-18

El riesgo es un fenómeno íntimamente relacionado, en mayor o menor grado, con cualquier actividad humana, ya que siempre existe la posibilidad de resultar dañado, sean por causas naturales u otras. Si el individuo es sensible a ellos, percibe la necesidad de identificarlos, controlarlos y, en lo posible, tratar de evitarlos, parece obvio que en una sociedad educada, el análisis de los problemas de su entorno, su vigilancia y su gestión si llegaran a producirse. Hasta en el caso de los riesgos no se transformen en situaciones de peligro ni en acontecimientos nocivos es obligada. En este sentido la transparencia informativa hacia la población es un requisito indispensable. La información correcta y oportuna es fundamental para minimizar la perturbación social indeseada y las consecuencias económicas, pero también para optimizar la efectividad de la respuesta. Al respecto, debe quedar claro que la acción a nivel comunitario se sustente en la evaluación científica del riesgo, la preparación y reacción a las amenazas, epidemias y estrategias para abordar los riesgos asociados a enfermedades y afecciones específicas. 19-22

Ahora bien, ¿cuáles serían las diferencias entre la comunicación de riesgo y la comunicación en las crisis o desastres? Una de las principales diferencias está en su propio origen: la primera está asociada con la identificación de su mecanismo y los esfuerzos, a largo plazo, para educar y persuadir a la sociedad de adoptar conductas preventivas y hábitos más saludables; la segunda es informativa, infrecuente, basada tanto en hechos ya conocidos como no. De todos modos, interaccionan entre ambas, aunque la comunicación del riesgo suele ser más controlable y menos limitada que la de la crisis. Es necesario intentar combinar ambos conceptos antes y en las situaciones de emergencias y/o desastres, pues existen mitos que deben ser erradicados. Por ejemplo, la creencia de que no hay tiempo suficiente ni recursos para disponer de un programa o plan de comunicación, o que informar al público sobre riesgos se asocia a la probabilidad de que se agrave el nivel de alarma o, finalmente, que la transmisión de estos mensajes de alerta implican mucha responsabilidad, fuere sanitaria o política. Contra esos mitos hay que desarrollar acciones clave por todos los medios y vías. En este sentido, el mensaje que se debe trasladar a la sociedad ha de responder a varios interrogantes (qué, cuándo, cómo, dónde, por qué y, sobre todo, qué se ha hecho, qué se está haciendo y qué se va a hacer y en qué tiempo), y tiene que adoptar un contenido (verdadero, creíble, real, claro, conciso, completo, coherente, contrastado, comprensible, estructurado, sencillo, acrítico y no especulativo) y una forma (precoz, dirigido a una población diana, periódico, competente, que imparta confianza y tranquilidad, a la vez que demuestre interés, preocupación y experiencia), y además debe provocar modificaciones positivas en el comportamiento colectivo de la población, e influir en actitudes y conductas individuales. 23-27 En resumen, la CR y la comunicación en desastres pueden caracterizarse como un proceso complejo, multidisciplinario, multidimensional y envolvente, que no se puede reducir a meras campañas de información, sino que debe incluir el manejo de los conflictos asociados y evitar su minimización o evasión. 28

Los desastres sucedidos en Haití en el último decenio demostraron la necesidad de la educación en las estrategias de reducción del riesgo de desastres. Esta se puede presentar acorde a tres tipos de actividades: 1) Salvar vidas y evitar heridas en caso de un evento peligroso; 2) Evitar interrupciones de la educación en curso, o asegurar una pronta reanudación en caso de interrupción; y 3) Promover una población con capacidad de reacción, capaz de reducir el impacto económico, social y cultural en caso de un evento peligroso. 29, 30

No es aconsejable, asumir políticas triunfalistas, pesimistas o apáticas, ellas conducen inexorablemente al fracaso rotundo. Es preciso recordar que el silencio siempre es negativo y que los primeros momentos suelen ser críticos. No se debe improvisar, exagerar o subestimar, sobreentender, retener datos, adelantarse a la investigación, especular, mentir o culpabilizar, mezclar mensajes, no corregir rumores o utilizar portavoces no adecuadamente preparados, cuando de gestión de riesgos se trata. La sociedad requiere información veraz y en tiempo adecuado, lo que emplaza a las instituciones responsables a facilitarla correctamente. Las repercusiones sociales de pequeños errores en la comunicación del riesgo pueden ser – de hecho han sido – enormes y trascendentales. 31-34
Amenazas, desastres y papel de la infancia y adolescencia.

Cuando se concreta una amenaza y ocurre un desastre, los niños y niñas que se encuentran en las escuelas es uno de los grupos más vulnerables, y corren un mayor riesgo de perder la vida cuando estas instalaciones no son seguras. Además, un centro educativo que permanezca sin daños puede servir como albergue mientras se identifica otra instalación y así puedan retomar a las clases.

En el contexto de las amenazas y desastres, los niños y adolescentes se representan como víctimas pasivas de los eventos, y el enfoque ha sido el de su protección antes, durante y después, y no como potenciales protagonistas de los cambios que requieren sus comunidades, desaprovechándose con ello la participación activa de los niños, adolescentes y jóvenes en la gestión de riesgos para enfrentar las amenazas y prevenir los desastres, en un mundo agobiado por el impacto crítico del cambio climático que, con sus influencias directas en los factores primarios que intervienen en la transmisibilidad de enfermedades (agentes, vía de transmisión e incremento de la susceptibilidad individual, conforman la tríada ecológica), hace que cualquier amenaza, evento y desastre, tengan un comportamiento multidimensional, que se extiende de lo físicamente humano y material, a lo epidemiológico y lo social.

Esta secuencia incluye a todos los grupos de edades, siendo la vulnerabilidad un concepto dinámico en el cual se ha mejorado la comprensión de los factores que influyen en ella, según grupos sociales y en los que la desigualdad, la marginalidad y otros determinantes sociales (género, etnia o pobreza) tienen igual o mayor influencia que la edad. 12, 34-37

En la mayoría de la literatura al respecto, a los niños y jóvenes se les caracteriza como un grupo muy vulnerable, y con grandes necesidades para su protección durante y después de eventos naturales y desastres. Múltiples autores han referido tasas altas de mortalidad en niños durante eventos extremos y existen estimados predictivos sobre la cantidad de niños y niñas (175 millones) que serán afectados por desastres climáticos en la próxima década cada año. 38-43

Sin embargo, muchas menos investigaciones se han enfocado en el papel que los niños, adolescentes y jóvenes pueden tener al compartir sus ideas, tomar o ayudar en la toma de decisiones, reconocer sus necesidades y saber las consecuencias que para su crecimiento y desarrollo físico, intelectual y espiritual, acarrea un desastre. Es por ello La Educación para la Reducción del Riesgo de Desastres tiene en cuenta las relaciones entre la sociedad, el medio ambiente, la economía y la cultura y sus impactos. También promueve el pensamiento crítico y la capacidad de resolver problemas, así como las destrezas sociales y emocionales que son esenciales para fortalecer a los grupos amenazados o afectados por desastres. 34, 36, 38, 42, 44-48

Algunas interrogantes aún persisten en las viejas mentalidades: ¿Son los niños, adolescentes y jóvenes buenos comunicadores de información de riesgo y agentes efectivos de cambio? ¿Los niños y jóvenes sólo pueden participar, pero no entienden el asunto y sólo hacen lo sugerido por los adultos?

A manera de conclusión: Si no se responde adecuadamente a estas inquietudes, se corre el riesgo de ignorar sus necesidades y sus potencialidades. No existen evidencias de que ellos no puedan, y deban, participar en actividades de prevención en el hogar, la escuela, y las comunidades donde habitan para reducir los riesgos de desastres. Ellos pueden aprender, comunicar los factores de riesgo y hacer sugerencias prácticas y creativas con sus iguales, familiares, vecinos, y por qué no, contribuir a las prácticas de reducción de riesgos de desastre, recuperación y adaptación al cambio climático, con su habilidad para difundir sinceramente la información y de persuadir a otros, a pesar de que erróneamente no sean considerados por algunos como buenos comunicadores. Los niños han desarrollado importantes habilidades de comunicación de riesgo, lo cual deber ser aprovechado para incidir a nivel de sus hogares, de la escuela y en aquellos espacios comunitarios donde han encontrado un escenario de participación. Por otra parte, el sentido de responsabilidad y de utilidad que puedan lograr con ese desempeño, fortalecerá su autoestima y desarrollo intelectual, y, sin dudas enriquecerá la gestión de riesgos ante amenazas, crisis y desastres. Los niños y niñas han logrado desarrollar importantes capacidades para la gestión del riesgo basado en aspectos no sólo físicos, sino también psicosociales y culturales.

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Recibido: 11 de octubre de 2012.
Aprobado: 9 de noviembre de 2012.