VERSION ON-LINE: ISSN 1028-4818
RPNS-1853

Multimed 2002; 6 (3)
 
 
HOSPITAL PEDIATRICO UNIVERSITARIO
“HERMANOS CORDOVES” MANZANILLO. GRANMA.
 
Salud, sexualidad y perspectiva de género. Reflexiones a debate.
Health, sexuality and genus view. Reflexions to discuss.
 
 
Marcio Ulises Estrada Paneque[i]; Caridad Vinajera Torres[ii]

Resumen

¿Abordamos la sexualidad humana como un problema de salud?, ¿Influye en el modo y la calidad de vida de las personas?, ¿Puede la pertenencia a uno u otro sexo constituir una situación de riesgo específico para la salud, más allá del vinculado al proceso reproductivo?, ¿Qué elementos debieran tenerse en cuenta para su incorporación en el contexto de la salud integral de las personas? A partir de estas interrogantes se intentará reflexionar acerca de algunos aspectos soslayados por el enfoque biomédico tradicional de la salud, y se particularizará en la problemática de la salud y el género.
Descriptores DeCS: SALUD; SEXUALIDAD; SEXO.


Introducción

Consideraciones preliminares
Partiendo del concepto de “salud integral” establecido por la OMS, entendido como el estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades (1). Este enfoque, que dimensiona la condición humana, se proyecta y dinamiza mediante las estrategias de atención primaria de salud consolidadas en Alma-Atá (1). En ellas adquieren relevancia los aspectos de promoción y prevención, poniéndose de relieve la calidad de la vida. También se destacan como necesarios la activa participación de la comunidad, el enfoque multidisciplinario y la incorporación de muy diversos sectores en la construcción de la salud de la población, más allá del sector salud.
En la carta de Ottawa para la Promoción de la Salud (2) se considera que la buena salud es una dimensión importante de la calidad de la vida, destacándose una serie de requisitos que implican intervención multisectorial. Se señala que la promoción se centra en alcanzar la equidad, dirigiendo su acción a reducir las diferencias en el estado actual y a asegurar la igualdad de oportunidades y recursos que faciliten a toda la población los medios de desarrollar al máximo su salud potencial. Se realza, también, la significación del estilo de vida en la salud, planteando que esta se crea y se vive en el marco de la vida cotidiana.
Del mismo modo, se asigna gran valor a los cuidados que cada persona pueda dispensarse a sí misma y a los demás, así como a la capacidad de tomar decisiones y de asegurar que la sociedad en que uno viva ofrezca a todos sus miembros la posibilidad de gozar de un buen estado de salud.
La sexualidad humana fue definida como una “forma de expresión integral de los seres humanos, vinculada a los procesos biológicos, psicológicos y sociales del sexo” (3,4). Como todo proceso humano, se integra mediante una relación dialéctica en la que intervienen las vertientes antes mencionadas y es uno de los procesos vitales que con más fuerza repercute y, a la vez, está influido por el contexto histórico­-social en que se desarrolla.
Es importante destacar los aspectos cualitativos que confieren matices muy específicos al fenómeno de la sexualidad humana, haciéndolo único e intransferible a otras especies (5). Estos rasgos son los siguientes:
  • Placentero: contribuye al bienestar individual, al enriquecimiento de la personalidad y al desarrollo del vínculo con los otros.
  • Afectivo: la capacidad de amar constituye un componente eminentemente humano y es un elemento
  • sustantivo en la trascendencia del vínculo.
  • Comunicacional: es la forma de comunicación de mayor profundidad entre los seres humanos.
  • Creativo: como fuente de expresión integral de las personas, potencia la capacidad de creación, en la que intervienen elementos estéticos y lúdicos.
  • Ético: se define a partir de una dialéctica de valores sustentada en los derechos humanos.
  • Procreativo: esta posibilidad se destaca como el logro extraordinario de dos personas que consciente, libremente y con responsabilidad compartida asumen la creación de un nuevo ser.
La sexualidad constituye un aspecto inherente a las personas durante todo el transcurso de su vida, desde el momento de la concepción hasta la muerte. Como fuente de placer y de bienestar resulta un elemento enriquecedor en lo personal, con honda repercusión en lo familiar y en lo social. Por todo ello, el derecho al disfrute de la sexualidad, en la multiplicidad de su potencialidad, es un derecho humano inalienable, como el derecho a la vida, a la libertad, a la equidad y a la justicia social, a la salud, a la educación y al trabajo, entre otros.
El concepto de salud sexual propuesto por un Comité de Expertos de la OMS, reunido en Ginebra en 1974, se plantea como “la integración de los elementos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual, por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación y el amor” (6). La integralidad de este concepto supera a los aspectos reproductivos o patológicos, únicos considerados “lícitos” para ser tratados por los servicios de atención de salud. Enfatiza los componentes afectivos, placenteros y relativos a la comunicación que, sin duda, repercuten significativamente en el estilo y la calidad de vida de las personas. De esta forma transciende una concepción patriarcal que ha desvirtuado la sexualidad humana y permeado tradicionalmente las ciencias médicas.
Los criterios actuales aparecen como expresión de las nuevas tendencias en las ciencias de la salud y están acordes con los principios de la bioética (7).
De estos conceptos surge el doble enlace existente entre salud y sexualidad. No se concibe el logro de la salud integral de las personas sin el desarrollo pleno y armónico de su sexualidad. Tampoco es posible su ejercicio pleno y satisfactorio, si existen situaciones que afectan la salud de las personas en los planos somático, psicológico o social.
Género y salud: Un binomio para repensar
El proceso de adquisición de la identidad sexual o proceso de la “sexuación” -entendido como aquel por el cual se constituye un ser humano varón o mujer y en el que se determinan sus comportamientos como seres sexuados- resulta necesario para redimensionar las interrelaciones del binomio género-salud. Es, sin duda, un complejísimo proceso de elaboración mediante el cual se estructura la identidad sexual de los seres humanos y en el que se conjugan íntimamente aspectos biológicos, psicoafectivos y socioculturales, entre otros.
La identidad sexual se entiende como la parte de la identidad total de las personas que posibilita el reconocerse, aceptarse y actuar como seres sexuados y sexuales. Algunos autores (8) sostienen que la sexualidad es el elemento organizador de la identidad total de las personas. Este proceso cobra significación capital en la adolescencia, donde el logro de tal identidad se considera el objetivo central.
La constitución de la identidad total, es decir, la posibilidad de que cada ser humano se perciba a si mismo, resulta un hecho básico para la salud. Esta identidad pautará, al mismo tiempo, la ubicación de cada ser humano en el mundo y las relaciones consigo mismo y con los demás; será también un elemento determinante de su forma de vida y de los comportamientos y conductas que asuma en materia de salud.
Al parecer, también estos últimos comportamientos se consolidan en la adolescencia, razón por la cual esta etapa se considera como un momento privilegiado para la educación en salud.
La identidad sexual está constituida por tres componentes que es preciso reconocer y diferenciar:
  • Identidad de género: es la convicción íntima y profunda que tiene cada persona de pertenecer a uno u otro sexo, más allá de sus características cromosómicas y somáticas.
  • Rol de género: es la expresión de masculinidad o feminidad de un individuo, acorde con las reglas establecidas por la sociedad.
  • Orientación sexual: se refiere a las preferencias sexuales en la elección del vínculo sexo-erótico.
Con frecuencia estos tres aspectos se confunden entre sí, lo que origina dificultades en la comprensión de la expresión sexual humana. Si el manejo inadecuado es realizado por parte de los integrantes del equipo de salud, puede ser origen de iatrogenia con diverso grado de repercusión en la vida de las personas.
Rol de género y salud.
Por lo general, el rol de género estructurado en el proceso de socialización resulta común a los integrantes de cada grupo y sociedad en un momento histórico determinado. El control social existente hace que cuando alguien no cumple con el rol asignado se lo sancione por medio del rechazo, la burla o la marginación.
Considerar el rol de género como categoría de análisis al valorar los datos de salud de una población posibilita aportar una nueva perspectiva al estudio epidemiológico y aproximarse a la comprensión de las situaciones del diario vivir que pueden actuar condicionando riesgos. Una vez establecidas es posible realizar un trabajo de educación para la salud incorporando la sexualidad y revisando en qué valores se sustentan estos comportamientos, y promover el desarrollo de un pensamiento crítico como base de cambios.
Los elementos de la cotidianidad que conforman el modo de vida de las personas con el transcurso del tiempo han escapado a las ciencias médicas. No han sido aprehendidos tampoco en el quehacer asistencial y, aunque rescatados y llevados a desempeñar un papel protagónico por los programas de promoción y prevención, no acaban de ser convalidados en la práctica institucional. Tampoco constituyen aspectos primordiales en los distintos “programas de salud de la mujer”, donde el acento está puesto especialmente en factores biomédicos relativos a la salud materna, o sociopolíticos de participación publica.
La relación entre las condiciones de vida de la mujer vinculadas a su desempeño del rol de género y a su salud, han sido objeto de estudio y de trabajo permanentes por parte del movimiento feminista y de grupos alternativos de salud de la mujer. Desde la perspectiva de estos grupos se ha reconocido una etiología común que transciende la individualidad y explica e implica, a la vez, “formas comunes de enfermar” (9). Al mismo tiempo se ha teorizado acerca del lugar desde el cual se realiza la construcción de la subjetividad femenina, destacándose el papel central que desempeña la maternidad como elemento de identificación de las mujeres.
 
El impacto de la socialización de género sobre la salud
Los patrones de socialización diferenciados por sexo, a pesar del énfasis con que han sido cuestionados en los últimos tiempos, continúan siendo una realidad en la mayoría de los países. La profundidad de su arraigo hace que ellos persistan en el trato a los niños, aun en aquellas familias que previamente suscribieron la idea de evitar estereotipos de género. Sin duda el hogar, la escuela, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto, todavía aportan rígidas representaciones de lo que es “ser varón” y “ser mujer”, las cuales van estructurando el rol de género desde el momento mismo de la concepción y llevan implícitos criterios francamente discriminatorios.
Todavía se aprecia en la práctica clínica que el hijo varón sigue siendo confirmatorio de la “virilidad paterna”, y que el tamaño de sus genitales externos se asocia con su “futura potencia”. Las preferencias
por el hijo varón y la forma en que su búsqueda influye en el número de nacimientos de la pareja es un hecho común. Más allá de estas situaciones, el trato que se brinda a niñas y varones en el núcleo familiar es claramente diferenciado. Mediante incentivos lúdicos, en los varones se favorece la adquisición de mayor fuerza y motricidad, y se promueve un mayor dominio del espacio y de la técnica así como una mayor integración grupal. Las niñas, por el contrario, muchas veces ven limitados sus movimientos por las ropas, y los juegos que se les ofrecen están, con gran frecuencia, vinculado a las tareas domésticas y al desarrollo de habilidades referidas a su presentación personal.
El conocimiento y el manejo corporal que se posibilita niñas y varones están pautados por los mismos valores. Se confiere mayor permisividad al varón, quien se encuentra francamente familiarizado con el cuerpo, cosa que su anatomía facilita. El desconocimiento que las niñas tienen de su cuerpo y de sus genitales, y que continúa a lo largo de la vida, resulta alarmante. Las dificultades que presentan muchas mujeres adultas para realizar el autoexamen de las mamas, observar sus genitales o utilizar medios anticonceptivos que requieren la manipulación de los mismos, se originan, en muchos casos, en patrones educativos muy rígidos que adscriben al cuerpo zonas “aceptables”, y zonas “prohibidas”, innombrables e inexplorables.
Acceder al autocuidado de la salud y al disfrute de la sexualidad requiere una apropiación y legitimación del cuerpo, para lo que es preciso superar aspectos ideológicos que desestimulan el conocimiento del mismo y lo asocian con elementos de suciedad y pecado.
Desde la infancia se va pautando también la expresión de los sentimientos. A los varones se les exige que no demuestren su sensibilidad y se les brinda menos ternura que a las niñas, a quienes se les permite ser más dulces, cariñosas y demostrativas. Esta situación puede generar dificultades más tarde, en el vínculo afectivo y en las posibilidades de comunicación de los sentimientos. En muchas ocasiones, estos aspectos están en la base de las disfunciones sexuales que enfrenta la pareja.
Respecto a los comportamientos, a las niñas se les pide docilidad, obediencia, respeto y preocupación por los demás, mientras que a los varones se los impulsa a la acción y se fomenta en ellos la competitividad y la capacidad para tomar decisiones.
En un trabajo de concepciones de la sexualidad realizado con más de 100 adolescentes en Manzanillo se encontró la vigencia de los siguientes mitos y tabúes comunes referidos a la feminidad y la masculinidad:
“La masculinidad se demuestra por el vigor físico y los de hombre”.
“La sensibilidad, dulzura y afecto son condiciones típicamente femeninas”.
“La mujer tiene menos necesidades sexuales que el hombre”.
“La mujer, si no se casa y tiene hijos, es una persona frustrada”.
“El hombre no necesita ternura y es naturalmente menos sensible que la mujer”.
“La virginidad es un signo de pureza en la mujer” y, paradójicamente, “para ser moderna e independiente la mujer debe obligatoriamente mantener relaciones sexuales”.
Sin duda todos estos elementos influyen notablemente en la conformación de la autoimagen y repercuten en los distintos comportamientos. Muchas de estas características pautadas por el ejercicio del rol de género podrían influir en conductas de riesgo que generan morbilidad en la. Adolescencia. La necesidad de demostrar la virilidad por medio de la intrepidez, la violencia y la fuerza física está, sin duda, en la base de la preponderancia de accidentes en los varones. También el embarazo en adolescentes, con los problemas que implica, particularmente para la madre, y las enfermedades de transmisión sexual, se deben a comportamientos de riesgo de jóvenes de ambos sexos en cuya génesis se encuentran estereotipos de género. Comentarios similares podrían realizarse respecto a las conductas adictivas, el bajo rendimiento escolar, los trastornos nutricionales o las lesiones autoinfligidas.
En los últimos años, ha crecido la importancia de la investigación sobre género y salud, y empiezan a consolidarse líneas de investigación epidemiológica en torno a género y salud, en particular desde la visión de las desigualdades, de la psicosociología y de la salud laboral. A ello hay que añadir los enfoques más tradicionales relacionados con la salud reproductiva, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y otras enfermedades crónicas. Recientemente, situaciones como la inmigración, la violencia o la marginación plantean retos de investigación epidemiológica emergente desde la perspectiva de la salud y el género.
Educación en la sexualidad y promoción de salud.
Entendemos la educación de la sexualidad como el proceso educativo vinculado profundamente a la formación integral de niños y jóvenes, que apunta a la autogestión, y que aporta información científica y elementos de reflexión para incorporar la sexualidad de forma plena, enriquecedora y saludable en todas las etapas de la vida y acorde con el contexto económico, histórico, social y cultural en que se vive.
Los objetivos que persigue la educación de la sexualidad deben ser básicamente los siguientes:
  • Lograr el desarrollo de un pensamiento crítico que posibilite la adquisición de actitudes positivas hacia la sexualidad entendida como elemento inherente al ser humano, más bien que buscar la acumulación de contenidos e información por sí mismos.
  • Favorecer el proceso mediante el cual sea posible reconocerse, identificarse y aceptarse como ser sexual y sexuado durante todo el transcurso de la vida, sin angustias, temores ni sentimientos de culpa.
  • Favorecer el desarrollo de roles sexuales en el marco de una dialéctica de valores, que propicie relaciones de respeto y equidad entre las personas, superando toda discriminación de género.
  • Revalorizar la importancia de componente afectivo en la vida de los seres humanos y en sus relaciones entre sí, más allá del vínculo de la pareja.
  • Favorecer un mayor conocimiento y relación con el propio cuerpo, como elemento de autoestima y de sustento del autocuidado de la salud.
  • Favorecer la adopción de conductas sexuales placenteras, conscientes, responsables y libres, hacia uno mismo y los demás.
  • Propiciar la comunicación en la pareja y en la vida familiar promoviendo relaciones equitativas y horizontales dentro del hogar, y destacando el respeto y consideración que, en tanto personas, merecen todos sus integrantes, cualquiera sea su sexo y edad.
  • Promover criterios equitativos y conductas de responsabilidad compartida en la pareja, tanto en la procreación y el cuidado de la descendencia como frente a la decisión y el empleo de métodos anticonceptivos.
  • Promover conductas de responsabilidad recíproca en la prevención de las enfermedades de transmisión sexual.
La aproximación a esta realidad requiere que la sociedad en su conjunto y a todos los niveles pueda sensibilizarse y replantear el tema de los valores que sustentan el proceso de socialización de la sexualidad y su repercusión en la salud de la población.
Es necesario, también, tener presente que la salud es una tarea cotidiana, en la que interviene una multiplicidad de sectores y para la cual es imprescindible la participación activa de todos los involucrados, promoviendo discursos de equidad y desarrollo.


Referencias Bibliográficas
 
1.    Organización Mundial de la Salud y Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. Alma-Atá. Atención primaria de salud. Ginebra: OMS; 1978. (Serie Salud para Todos 1).

2.    Organización Mundial de la Salud, Ministerio de Salud y Bienestar Social de Canadá, Asociación
Canadiense de Salud Pública. Carta de Ottawa para la promoción de la salud. Ottawa: OMS; 1986.

3.    Mace D, Bannerman RHO, Burton J. Las enseñanzas de sexualidad humana en las escuelas de
formación de profesionales de la salud. Ginebra: Organización Mundial de la Salud; 1995.p.9
(Cuadernos de Salud Pública 57).

4.    Cerruti S. Sexualidad humana: aspectos para desarrollar docencia en educación sexual. Montevideo:Organización Panamericana de la Salud; 1998. p. 23.

5.    Cerruti S. La sexualidad humana en el contexto de la promoción de la salud en la adolescencia.
Montevideo: Consejo de Educación Secundaria; 1997

6.    Organización Mundial de la Salud. Instrucción y asistencia en cuestiones de sexualidad humana:
formación de profesionales de la salud. Ginebra: OMS; 1998. (Serie de Informes Técnicos 592).
 
7.   Pellegrino E. La relación entre la autonomía y la integridad en la ética médica. Bol of Sanit Panam
1996; 112(3-4): 379-89.

8.    Masters W H, Johnson VE, Kolodny RC. La sexualidad humana. t2. Madrid: Grijalbo; 1987.
 
9.   Organización Panamericana de la Salud. Programa Mujer, Salud y Desarrollo. Criterios para orientar la cooperación técnica sobre mujer, salud y desarrollo. Washington D.C.: OPS; 2001.





[i] Especialista de Segundo Grado en Pediatría y en Administración de Salud. Profesor Titular
[ii] Dra. en Ciencias. Profesora Titular